EPPUR SI MUOVE
jueves, 30 de junio de 2016
viernes, 3 de junio de 2016
MUY CANSADO.

Llega un momento en la vida, en que da igual que haga sol, llueva o nieve; da igual que estés cerca o lejos; da igual todo. Llega un momento en la vida en que pase lo que pase debes sentarte y respirar, da igual las consecuencias, da igual, si al detenerte, van a golpearte, da igual el hoy y el mañana; da igual lo pasado y lo futuro.
Da igual.
Lo único que quedan son unas ganas enormes de dejarse caer, de abandonar los miembros, de mirar al suelo y seguir respirando. La meta es el próximo latido, la siguiente inhalación; las fuerzas y la voluntad solo alcanzan para parpadear. Cualquier otra cosa es un sacrfico extremo.
Y duele.
Duele la desesperación, duele la impotencia, duele la apatía, duele la abulia, duele la ataraxia, duele saber que no puedes más, No quieres más dolor. Ese concepto lo tienes claro, es dolor.
Y buscas la evasión; quieres dejarlo todo para que no te cueste respirar, para que no te duela el alma, para que no te destroce la mente, para que no te duela cada latido, ni cada pensamiento. Y lo primero que abandonas es a ti mismo. Por que eres tú lo que dueles.
Buscas embotar tu mente con cualquier cosa, cualquier analgésico del tipo que sea, líquido, sólido, gaseoso, imaginativo, viajero,...Embotar la mente que deje de hacerte sentir un derrotado, un fracasado; otra vez.
Otra vez.
Otra vez fracasado, otra vez dolorido, otra vez apartado, otra vez eliminado, otra vez roto, otra vez recogiendo lo que queda de ti, empaquetándolo en lo que queda de tus maletas, metiéndo en un trastero todo lo que queda de tu vida. Todo lo que queda de arrastrarte por este mundo, cabe en una caja de zapatos. ¡Yo ocuparé más cuando me incineren!
Si no fuese dantesco, sería cómico.
Eso cómico.
domingo, 20 de diciembre de 2015
UN ÁRBOL COMO MASCOTA.
En el mundo actual es
fácil tener una mascota, un animal de compañía. Es fácil ver a personas
paseando al perro por la calle o con los gatos en casa, hurones, peces,
serpientes, tortugas, hámsteres, cobayas, chinchillas, cerdos vietnamitas. Y
consideramos a estos animales no como mascotas sino como un integrante más de
nuestra familia.
Se trata de seres vivos a
los que prestamos todas nuestras atenciones y que ellos, a cambio, nos ofrecen
su amistad, su compañía, su fidelidad incondicional y, sin lugar a dudas, nos
hacen mejores personas desarrollando esas emociones que habitualmente este
mundo exige que anulemos.
Y ahora están apareciendo
las mascotas electrónicas que aparentemente nos entretienen eximiéndonos de
todo tipo de responsabilidad.
El gran olvidado en
nuestra cultura, aunque no por ello menos importante, resulta ser el reino
vegetal.
Se trata de un elemento
discriminado por carecer de movimiento autónomo, porque no emite sonidos, no
pone caritas amorosas y porque al diseccionarlo no sangra del mismo modo en que
hacemos los animales.
Sin embargo resulta
importante para el planeta y, sobretodo, para todos y cada uno de los
habitantes del planeta. Dejando a un lado el hecho de producir leña, frutos,
sombra y mil cosas más, nos entregan oxígeno a cambio de nuestro anhídrido
carbónico. Es decir, producen oxígeno en román paladino.
La falta de compromiso del
ser humano, y en especial del ser humano urbanita, tiene su origen en el
desconocimiento, en la falta de contacto del hombre con la naturaleza, en la
ausencia de vegetales vivos cercanos a nosotros. Nuestro respeto por la
naturaleza aumentaría si tuviésemos el valor de incorporar un árbol en nuestra
vida.
Si desde nuestra más
tierna infancia nos hiciésemos cargo del crecimiento de un árbol, de nuestro
árbol, obtendríamos una perspectiva diferente del planeta tierra. Ese árbol
sería nuestra responsabilidad. Ese árbol demandaría que le dedicásemos cinco
minutos diarios para admirarlo, comprobar la humedad de la tierra, para
observar su crecimiento, para desconectar del mundanal ruido durante esos cinco
minutos y disfrutar de un árbol que finalmente acabaría siendo nuestro árbol.
No hace falta decir que
sería la solución a muchos de nuestros problemas planetarios.
ADOPTA UN ÁRBOL.
SUAF.
viernes, 4 de diciembre de 2015
De derrota en derrota...
En multitud de ocasiones nos encontramos en situaciones que no nos permiten llevar la vida que queremos. Tenemos muchas obligaciones, demasiadas; tenemos muchos compromisos, tenemos unas relaciones sociales que hay que mantener, viajes, reuniones, podemos añadir todos los impedimentos que nos rodean.
Sin embargo, hay algo en nuestro interior que no duerme. Hay una pequeña lucecita que se mantiene encendida invariablemente día tras día, como un lejano faro que nos obliga a no perder el rumbo y que nos recuerda realmente quienes somos.
Esa lucecita es el deseo de salir a correr, de dejar preparada la ropa por si mañana tengo tiempo, de seguir mirando páginas de deportes, revistas de deporte, de leer libros que nos ayuden a crecer. Esa lucecita nos indica que siempre estamos preparados, nos recuerda quienes somos realmente debajo de esas americanas, corbatas, ordenadores, aviones, documentos, etc.
Y aunque físicamente no nos podamos mover, si que hay un movimiento interior, un movimiento psicológico que nos obliga a seguir en nuestra ruta. Y no olvidemos que un paso pequeño continúa siendo un paso y un que un movimiento pequeño sigue siendo un movimiento que nos aleja de la inercia del sedentarismo.
Y esa lucecita, ese movimiento interior nos dirige de derrota en derrota hasta la victoria final.
De todo esto me he dado cuenta cuando me he visto programando las carreras de la temporada que viene. Y es que aunque estemos sentados, seguimos de alguna manera en movimiento.
USAF
domingo, 25 de octubre de 2015
DÉDALO E ÍCARO.
Este fin de semana no tenía nada que hacer y me puse a pensar(Otro vicio que tengo). Y mi insana mente se dirigió a Dédalo y a su hijo Ícaro.
Dejadme que os refresque la memoria. Dédalo y su hijo Ícaro crearon para el rey Minos una cárcel sin puertas para contener al Minotauro. Lo que viene siendo un laberinto.
Para que no pudiesen contarle a nadie el secreto del laberinto, el rey encerró a Dédalo y a su hijo en una torre. Finalmente ambos escaparon volando haciendo unas alas con cera y plumas.
Eso me llevo a pensar en un pequeño detalle y es: ¿Cuántos días tuvieron que pasar juntos padre e hijo para llegar a la conclusión que la mejor manera para escapar era volando?¿Qué tipo de conversaciones se deben tener para llegar a esa conclusión?¿De qué tuvieron que hablar hasta ese momento?
Yo me imagino la conversación haciéndose mutuamente preguntas del estilo ¿Cuál es tu color favorito?¿Cómo os conocisteis mamá y tú?¿Papá, a qué jugabas cuando eras pequeño?¿Cómo te encuentras?¿Qué estás sintiendo aquí encerrado? Así hasta que lleguen a tomar la decisión de salir volando.
Lo que ocurra después ahora mismo no es relevante para mí post de hoy.
Teniendo en cuenta que padre e hijo ya tenían una relación laboral, seguramente aprovecharon el tiempo para conocerse más.
En la actualidad, ¿cuántas horas pasamos charlando con nuestros hijos? No pretendo acusar ni estigmatizar a nadie. Sólo pretendo daros una idea para reflexionar durante diez minutos. Si los padres no están trabajando o en reuniones o salvando ciertos compromisos, resulta que los niños están en el colegio, o haciendo actividades extra-escolares o en unas colonias aprendiendo inglés.
¡Qué suerte tuvieron Dédalo e Ícaro que pudieron pasar tanto tiempo juntos?¿Por qué nos obsesionamos por hacer cosas que hacen que nuestra vida pase sin pena ni gloria?¿Por qué dedicamos tanto tiempo a nuestro negocio y dejamos al más importante negocio de nuestra vida?
Me parece que sería mucho mejor dedicar más tiempo a nuestra vida, al dolce far niente, a tomar un café mientras miramos a nuestros hijos a los ojos. Leer el periódico mientras nuestro hijo hojea un cómic, un libro o cualquier otra cosa. Además estoy convencido que al pasar más tiempo con nuestro hijo o nuestro padre evitaría muchas visitas al psicólogo, seríamos capaces de gestionarnos mutuamente.
El conocimiento humano de aquellos que nos son más cercanos y representan para más nosotros debe ser el objetivo primordial. ¿Cuál es el mayor tesoro que podemos dejar a nuestros hijos?¿Cuál es el mayor tesoro que nos han dejado nuestros padres? Creo que la respuesta correcta es: los recuerdos. Para poder dejar recuerdo es necesario dedicar a nuestro objetivo tiempo.
"Yo le dedico a mi hijo tiempo de calidad". Quizás lo que dedicas a tu hijo es el tiempo que te sobra, le das las migajas de tu tiempo, los momentos que tienes libres. Pero no es así. Es necesario dedicar mucho tiempo, jugar mucho, leer juntos, ir al cine juntos, de excursión, mil cosas. La solución no puede ser otra.
No soy quien para dar lecciones, sólo lanzo ideas para reflexionar. Espero que os sirva.
SUAF
martes, 20 de octubre de 2015
Los atletas, incluso los populares, estamos absolutamente obsesionados con evitar las lesiones a toda costa. Atendemos a nuestros cartílagos, a huesos, ligamentos, a todo. Hacemos todo lo posible y lo imposible para evitar cualquier tipo de menoscabo que nos impida salir a correr y disfrutar de nuestro vicio, a darnos un buen chute de serotonina que nos permitan ser más felices en este mundo que nos ha tocado vivir.
Sin embargo, aunque no descuidemos nuestra psicología mediante lecturas, videos de motivación y todo lo que la autoayuda pone a nuestro alcance, no podemos evitar que alguna lesión se cebe con nuestra mente.
No tiene que ver con grandes depresiones, ni tan siquiera con un pequeño quebradero de cabeza. Tiene que ver con una bajada de bio-ritmos, con un descenso de endocrinas o de adrenalina que nos deja varados.
Sin embargo, me he dado cuenta de que el deporte como cualquier otro vicio tiene sus secuelas.
No puede abandonarse de manera gratuita. Siempre está en nuestra mente con una idea que se repite como un mantra: "Tengo que salir a correr. Tengo que salir a correr". Del mismo modo en que años antes decía: "Tengo que dejar de fumar. Tengo que dejar de fumar". (Justo al acabar de decirlo me encendía un cigarrillo.)
Al final el mantra se hizo realidad hace ya cinco años.
Del mismo modo que después de estar tanto tiempo sin fumar aún me considero fumador; ahora, aunque por diferentes razones llevo una temporada sin correr, me sigo considerando un corredor.
Por que debo decirlo, tengo mono, sufro de síndrome de abstinencia y veo mi calzado deportivo que me mira con esos ojitos tristes mientras me suplican que lo saque a pasear; y, ciertamente, lo añoro.
Y, aunque debo reconocerlo, hubiera preferido no parar, la verdad es que este descanso inesperado me ha venido muy bien para eliminar una posible sobrecarga.
También se muere de éxito. Y tras los últimos me vine arriba, forzándome , quizás más de lo necesario.
Aunque dentro de poco nos volveremos a cruzar por la calle corriendo.
Un saludo
Sin embargo, me he dado cuenta de que el deporte como cualquier otro vicio tiene sus secuelas.
No puede abandonarse de manera gratuita. Siempre está en nuestra mente con una idea que se repite como un mantra: "Tengo que salir a correr. Tengo que salir a correr". Del mismo modo en que años antes decía: "Tengo que dejar de fumar. Tengo que dejar de fumar". (Justo al acabar de decirlo me encendía un cigarrillo.)
Al final el mantra se hizo realidad hace ya cinco años.
Del mismo modo que después de estar tanto tiempo sin fumar aún me considero fumador; ahora, aunque por diferentes razones llevo una temporada sin correr, me sigo considerando un corredor.
Por que debo decirlo, tengo mono, sufro de síndrome de abstinencia y veo mi calzado deportivo que me mira con esos ojitos tristes mientras me suplican que lo saque a pasear; y, ciertamente, lo añoro.
Y, aunque debo reconocerlo, hubiera preferido no parar, la verdad es que este descanso inesperado me ha venido muy bien para eliminar una posible sobrecarga.
También se muere de éxito. Y tras los últimos me vine arriba, forzándome , quizás más de lo necesario.
Aunque dentro de poco nos volveremos a cruzar por la calle corriendo.
Un saludo
SUAF
martes, 29 de septiembre de 2015
EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY.
No ha mucho tiempo, por cuestiones laborales, asistí a una conferencia cuya temática en este momento carece de importancia.
El conferenciante, un hombre curtido en tales lides, comenzó a hablar acerca de un tema que dominaba sobradamente; sin embargo, al observar con atención, noté que la voz le temblaba. Mantenía la compostura, se movía por el escenario con la soltura y con el dinamismo propios de un ejecutivo que no tiene otro objetivo en la vida que comerse el mundo.
Sin embargo, le temblaba la voz.
Esto me llevo a pensar en los grandes deportistas, esos que tienen contratos millonarios, derechos de imagen, patrocinadores y que sirven de modelos para multitud de personas en el mundo entero. De esos a los que les ponen las cámaras y los micrófonos delante y responden cosas tales como: "El fútbol es así.", "Nos ha fallado la táctica.", "La mecánica no resistió.", etc.
Y supongo que a todos ellos en determinados momentos les temblará la voz, las piernas o cualquier otro elemento que componga su físico.
De nuevo los vi en las alineaciones del campo de fútbol o de baloncesto, saltando y moviéndose, o en los tartanes de atletismo, desentumeciendo los músculos, o en los cuadriláteros de boxeo, agitando la cabeza a un lado y a otro. Siempre había pensado que estaban calentado o que querían mantener la tensión de un cuerpo que había acabado la sesión de calentamiento y no querían que volviese a su estado de letargo.
Pues, no. No era eso.
Era miedo, era nerviosismo, era, sobretodo, responsabilidad. Y eso es lo mismo, mutatis mutandis, que siento yo cuando salgo a hacer una mis carreras populares por esos mundos de Dios. Nervios, adrenalina, miedo a fallar y sobre todo miedo a fallarme.
Resulta que aquellos señores siguen temiendo la oportunidad que tienen a su alcance, que dominan, para la que están sobradamente preparados y su miedo, a mí, me tranquiliza. Los traslada al ámbito de los mortales, resulta que pertenecemos a la misma especie, con las mismas sensaciones y los mismos mecanismos para regular nuestro estado de ánimo.
Prometo pensar en ello en la próxima carrera popular, prometo darme cuenta que cualquier corredor, futbolista, púgil o piloto y yo pertenecemos ambos a la misma especie. Del mismo modo se percibe el miedo del portero al penalti.
SUAF
Suscribirse a:
Entradas (Atom)