En el mundo actual es
fácil tener una mascota, un animal de compañía. Es fácil ver a personas
paseando al perro por la calle o con los gatos en casa, hurones, peces,
serpientes, tortugas, hámsteres, cobayas, chinchillas, cerdos vietnamitas. Y
consideramos a estos animales no como mascotas sino como un integrante más de
nuestra familia.
Se trata de seres vivos a
los que prestamos todas nuestras atenciones y que ellos, a cambio, nos ofrecen
su amistad, su compañía, su fidelidad incondicional y, sin lugar a dudas, nos
hacen mejores personas desarrollando esas emociones que habitualmente este
mundo exige que anulemos.
Y ahora están apareciendo
las mascotas electrónicas que aparentemente nos entretienen eximiéndonos de
todo tipo de responsabilidad.
El gran olvidado en
nuestra cultura, aunque no por ello menos importante, resulta ser el reino
vegetal.
Se trata de un elemento
discriminado por carecer de movimiento autónomo, porque no emite sonidos, no
pone caritas amorosas y porque al diseccionarlo no sangra del mismo modo en que
hacemos los animales.
Sin embargo resulta
importante para el planeta y, sobretodo, para todos y cada uno de los
habitantes del planeta. Dejando a un lado el hecho de producir leña, frutos,
sombra y mil cosas más, nos entregan oxígeno a cambio de nuestro anhídrido
carbónico. Es decir, producen oxígeno en román paladino.
La falta de compromiso del
ser humano, y en especial del ser humano urbanita, tiene su origen en el
desconocimiento, en la falta de contacto del hombre con la naturaleza, en la
ausencia de vegetales vivos cercanos a nosotros. Nuestro respeto por la
naturaleza aumentaría si tuviésemos el valor de incorporar un árbol en nuestra
vida.
Si desde nuestra más
tierna infancia nos hiciésemos cargo del crecimiento de un árbol, de nuestro
árbol, obtendríamos una perspectiva diferente del planeta tierra. Ese árbol
sería nuestra responsabilidad. Ese árbol demandaría que le dedicásemos cinco
minutos diarios para admirarlo, comprobar la humedad de la tierra, para
observar su crecimiento, para desconectar del mundanal ruido durante esos cinco
minutos y disfrutar de un árbol que finalmente acabaría siendo nuestro árbol.
No hace falta decir que
sería la solución a muchos de nuestros problemas planetarios.
ADOPTA UN ÁRBOL.
SUAF.