martes, 29 de septiembre de 2015

EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY.



No ha mucho tiempo, por cuestiones laborales, asistí a una conferencia cuya temática en este momento carece de importancia.
 
El conferenciante, un hombre curtido en tales lides, comenzó a hablar acerca de un tema que dominaba sobradamente; sin embargo, al observar con atención, noté que la voz le temblaba. Mantenía la compostura, se movía por el escenario con la soltura y con el dinamismo propios de un ejecutivo que no tiene otro objetivo en la vida que comerse el mundo.
 
Sin embargo, le temblaba la voz.
 
Esto me llevo a pensar en los grandes deportistas, esos que tienen contratos millonarios, derechos de imagen, patrocinadores y que sirven de modelos para multitud de personas en el mundo entero. De esos a los que les ponen las cámaras y los micrófonos delante y responden cosas tales como: "El fútbol es así.", "Nos ha fallado la táctica.", "La mecánica no resistió.", etc. 
 
Y supongo que a todos ellos en determinados momentos les temblará la voz, las piernas o cualquier otro elemento que componga su físico.
 
De nuevo los vi en las alineaciones del campo de fútbol o de baloncesto, saltando y moviéndose, o en los tartanes de atletismo, desentumeciendo los músculos, o en los cuadriláteros de boxeo, agitando la cabeza a un lado y a otro. Siempre había pensado que estaban calentado o que querían mantener la tensión de un cuerpo que había acabado la sesión de calentamiento y no querían que volviese a su estado de letargo. 
 
Pues, no. No era eso.
 
Era miedo, era nerviosismo, era, sobretodo, responsabilidad. Y eso es lo mismo, mutatis mutandis, que siento yo cuando salgo a hacer una mis carreras populares por esos mundos de Dios. Nervios, adrenalina, miedo a fallar y sobre todo miedo a fallarme.
Resulta que aquellos señores siguen temiendo la oportunidad que tienen a su alcance, que dominan, para la que están sobradamente preparados y su miedo, a mí, me tranquiliza. Los traslada al ámbito de los mortales, resulta que pertenecemos a la misma especie, con las mismas sensaciones y los mismos mecanismos para regular nuestro estado de ánimo. 
 
Prometo pensar en ello en la próxima carrera popular, prometo darme cuenta que cualquier corredor, futbolista, púgil o piloto y yo pertenecemos ambos a la misma especie. Del mismo modo se percibe el miedo del portero al penalti.
 
 
 
SUAF

lunes, 21 de septiembre de 2015

ANTICIPANDO EL ÉXITO




ANTICIPANDO EL ÉXITO

Relato del viernes 18 de septiembre por la noche, la Midnight trail de Collserola.

Me había inscrito en esta carrera hacía meses, pensando que sería una carrera popular por la montaña de noche, lo que venía siendo una nueva experiencia…y vaya si lo fue.

Se iniciaba la aventura a las 21’45 h. y allí estaba yo, camiseta, mallas, dorsal, frontal, dispuesto a todo. Sonó por megafonía el 5, 4, 3, 2, 1…y salimos a correr. Salimos desde la explanada del parque de atracciones y empieza la bajada, llegamos hasta un camino muy estrecho, donde casi debíamos pasar en fila india, desde allí llegábamos a la Carretera de les Aigües y corrimos por ella unos cuatro quilómetros. A partir de ese momento se inicia una fuerte ascensión por una calle con una inclinación que rompía las piernas, seguimos por unos tramos de escalera terribles que acababan con las energías que quedaban. 

Veías con alegría el final de las escaleras, pero lejos de acabarse el ascenso continuaba por la montaña hasta la base de la Torre de Collserola, que vista desde abajo resulta realmente impresionante. Desde su pie se aprecia la cercanía del parque de atracciones del Tibidabo donde está la meta. Sin embargo, la organización ha decidido que nos alejemos de ella y descendamos hacía la Font de la Bodellera lo que nos aleja de nuestro destino final.

¿Qué es lo que hay al final de un descenso? Efectivamente, una subida. Estamos aproximadamente en el kilómetro 10 y continúa la cuesta. Me alío con una muchacha israelí que me acompañará durante 2 kilómetros y que más tarde me dará una envidia cochina y marrana porque ella sí que acabará. Así que en el punto kilométrico 12 le pregunto a uno de los controles de la organización “¿Cuánto queda para la meta?”, la respuesta fue terrible “Unos tres kilómetros.” 

En ese momento, y llevando 1h y 50 m corriendo, decidí abandonar. No me veía ni con fuerzas ni con ánimos para continuar. A partir de ese momento, me puse en manos de la organización que tuvo a bien acercarme a la meta (que por respeto a los otros corredores, no crucé). Recogí un botellín de agua, un bocadillo y, tras aplaudir a los últimos corredores que llegaban y a los primeros, a quienes estaban dando los premios, bajé con dificultad a la ciudad porque me dolían terriblemente las piernas como para apretar los pedales del freno o del acelerador.

Lejos de sentirme derrotado por haber abandonado, me sentí aliviado por haber tomado la decisión correcta. Al día siguiente y con el cuerpo dolorido, me encontré con ganas de volver a mi afición, lo que significa que la próxima vez será más y mejor. 

Era un galeote feliz, era un dolor andante con ganas de continuar y muy lejos de apostatar de mi afición. Así que lejos de sentirme derrotado, me siento ilusionado para continuar corriendo; me siento con confianza en mí mismo, no sólo para empezar a correr sino para dejar de hacerlo. Y tan valiente es quien continúa corriendo como el que encuentra el momento exacto para dejar de hacerlo.



                                                                                                                                                                 SUAF