No ha mucho tiempo, por cuestiones laborales, asistí a una conferencia cuya temática en este momento carece de importancia.
El conferenciante, un hombre curtido en tales lides, comenzó a hablar acerca de un tema que dominaba sobradamente; sin embargo, al observar con atención, noté que la voz le temblaba. Mantenía la compostura, se movía por el escenario con la soltura y con el dinamismo propios de un ejecutivo que no tiene otro objetivo en la vida que comerse el mundo.
Sin embargo, le temblaba la voz.
Esto me llevo a pensar en los grandes deportistas, esos que tienen contratos millonarios, derechos de imagen, patrocinadores y que sirven de modelos para multitud de personas en el mundo entero. De esos a los que les ponen las cámaras y los micrófonos delante y responden cosas tales como: "El fútbol es así.", "Nos ha fallado la táctica.", "La mecánica no resistió.", etc.
Y supongo que a todos ellos en determinados momentos les temblará la voz, las piernas o cualquier otro elemento que componga su físico.
De nuevo los vi en las alineaciones del campo de fútbol o de baloncesto, saltando y moviéndose, o en los tartanes de atletismo, desentumeciendo los músculos, o en los cuadriláteros de boxeo, agitando la cabeza a un lado y a otro. Siempre había pensado que estaban calentado o que querían mantener la tensión de un cuerpo que había acabado la sesión de calentamiento y no querían que volviese a su estado de letargo.
Pues, no. No era eso.
Era miedo, era nerviosismo, era, sobretodo, responsabilidad. Y eso es lo mismo, mutatis mutandis, que siento yo cuando salgo a hacer una mis carreras populares por esos mundos de Dios. Nervios, adrenalina, miedo a fallar y sobre todo miedo a fallarme.
Resulta que aquellos señores siguen temiendo la oportunidad que tienen a su alcance, que dominan, para la que están sobradamente preparados y su miedo, a mí, me tranquiliza. Los traslada al ámbito de los mortales, resulta que pertenecemos a la misma especie, con las mismas sensaciones y los mismos mecanismos para regular nuestro estado de ánimo.
Prometo pensar en ello en la próxima carrera popular, prometo darme cuenta que cualquier corredor, futbolista, púgil o piloto y yo pertenecemos ambos a la misma especie. Del mismo modo se percibe el miedo del portero al penalti.
SUAF